Relato (III) Silverio Lanza

lanza

Tienen los editores, al menos los que trabajan en editoriales pequeñas o medianas, ese afán romántico de editar “cosas nuevas”.

Por “cosa nueva” no me refiero a autores inéditos y contemporáneos (eso es un riesgo que pocas asumen) sino más bien me refiero a autores que han existido y están sin “tocar”, editar, o que se editaron hace demasiado tiempo para que las nuevas y viejas generaciones lo recuerden.

Esta ilusión de hallar, desempolvar, reliquias y tesoros literarios forma parte del ADN de cualquier editor que se precie,  de esos editores que aún mantienen viva la Llama.

De este modo, cada año, se revisan las obras que quedan libres de derechos, se bucea en la obra de otros escritores con mucha o poca trayectoria buscando material inédito que pueda ser interesante, ya no sólo para la venta sino también por el prestigio… sí, muchos editores, aparte de de tragar sapos y culebras y hacer de tripas corazón para seguir tirando se ilusionan con ciertos libros, les gusta añadir a su catálogo alguna perla, algún tesoro aún no mancillado por el boca a boca del lúbrico vulgo lector, porque gusta mucho eso de pisar con zapatos nuevos la tierra ya vieja de la edición que, no lo duden, está muy pisoteada.

Y otorga prestigio y cierto orgullo personal desempolvar una obra, un escritor, antes que los demás, esos otros buscadores de tesoros que fondean y arrastran los fondos de este viejo mar. Ser el primero, mola. Háganme caso. Pone y mucho.

El caso de Silverio Lanza  (Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa ) es un buen ejemplo.

Se ha ido editando cada década por uno u otro editor. Uno recogía sus artículos, otro sus relatos, otros sus relatos y artículos. El que nos ocupa, ¡Peste de huesos! y otros textos, es bastante completo.

Y en efecto, es un autor interesante, muy afecto a la época que vivió, acuciado por el pesimismo y el cinismo del maestro Dadá, pero con una particularidad que hoy en día le hace valioso: en su tiempo y durante mucho tiempo después nadie le dio bola, nadie se fijó en él.  Primero despreciado. Luego olvidado. Posteriormente enterrado.

Enmarcado en la generación del 98 le da un plus. Que Ramón Gómez de la Serna fuera a su funeral también.

Me parece una publicación o rescate editorial interesante.

También se da una paradoja: que quizá los autores olvidados en su época puedan tener un presente…, pero en la posteridad. Sus editores contemporáneos habrán muerto y los nuevos editores del futuro quizá lo encuentren estimulante para ingresar en su catálogo como… un descubrimiento, un tesoro que con el tiempo ha ganado el brillo de la oportunidad.

Háganse esta pregunta: ¿qué o quién tiene valor, cuándo y por qué?

Equilicuá.

Edita: Libros del innombrable.

Color: gris.

Sabe a: muerte.

Huele a: incienso.

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