Relato (VII) HIPÓLITO G. NAVARRO

Navarro

Cada año se destinan millones de euros a lo que se llama subvención indirecta.

Esto es, se les asigna un dinero a las bibliotecas públicas para que compren libros.

Antaño estas dotaciones han sido muy jugosas, a las que habría que añadir las autonómicas y municipales, todo muy del color del ladrillo, muy de números, ya me entienden. Hoy en día, aunque el sector se queje, tampoco son desdeñables.

Nuestra (ya cada vez menos) venerada Carta Magna dispone que los Superpoderes Públicos deben tutelar el acceso de los ciudadanos a la Cultura y ahí, ahí, cabe la compra de libros. Para ellos. Para nosotros. Para mí. Para usted.

Y en la práctica, ¿en qué queda?

¿Cómo se gestiona este respetable dinero?

¿Un sesudo comité de expertos literarios decide cada semana qué libros comprar y cómo elegir lo que es Cultura, lo que culturiza a los ciudadanos, y luego valora de nuevo y vuelve a valorar y se lee los libros y finalmente aprueba su compra?

¿Quizá se trata de medio sesudo comité de expertos?

¿Un grupo de expertos pero a tiempo parcial, contrato de obra?

¿Qué?

¡Vamos!

Despelucha

¿Quién decide qué se compra o qué no?

Bueno, pues en la práctica es un funcionario o funcionaria la que recibe los catálogos y marca con una casilla aquí y allá lo que se debe comprar.

¿Los criterios?

Vaya usted a saber.

Son opacos.

E individuales. Muy individuales.

En serio. Esto es así. Un señor o señora marca la casilla.

Por otro lado, habría que preguntarse, ¿es labor de los poderes públicos elegir los libros por su capacidad de enseñar, por su aportación, calidad literaria, o se compra para satisfacer una demanda de buena parte de la ciudadanía?

¿Se debe funcionar como un LibroClub?

¿Es necesario comprar varios ejemplares de 50 Sombras de Grey, por poner un ejemplo reciente, porque lo demanda la sociedad?

¿U otros libros que sean, que pretendan, ser cultura?

Los Superpoderes tutelan… ¿pero qué tutelan?

Los Superpoderes son una cadena de LibroClub?

¿Los criterios?

¿Se cumplen?

Y por añadido, ¿por qué cuando se recorta presupuesto afecta siempre a las editoriales más pequeñas y jamás a las grandes?

Puesto que es dinero público, y se pretende tutelar el acceso a la cultura, ¿no debería haber un reparto de adquisiciones más equitativo?

¿Por qué ese funcionario o funcionaria (créanme que es así de sencillo) sigue adquiriendo los libros a los grandes grupos editoriales y pega el corte por el lado más débil?

Y al final, quizá lo más importante:

¿Saben por qué casi todo en la Cultura es opaco y oscuro y poco transparente y siempre parece que los dineros van y vienen sujetos a la más absoluta provisionalidad o capricho?

Porque los políticos saben que es un gasto obligado pero no le importa ni le importará a casi nadie.

No lo duden.

Hoy se trae un autor que debería estar en todas las bibliotecas públicas y que, por su perfil escasamente político o mediático, cuesta encontrar en nuestros venerados y rutilantes catálogos.  Que fichara por Seix Barral ayuda y mucho. Claro.

Hipólito G. Navarro.

Los últimos percances. Gran recopilación de su obra como cuentista.

Señores de la Bibliotecas, ¿han  realizado un estudio de qué tipo de lector acude a las bibliotecas públicas? ¿El de 50 Sombras de Grey?

Buf.

Edita:  Seix Barral.

Color: blanco.

Huele a: pescado.

Sabe a: tierra mojada.

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