Peking by night- SVETISLAV BASARA

basara

Editorial Minúscula innovó de algún modo en el formato. Amén de apostar por los autores, que también apuesta, no se me enfade nadie pues posee un atractivo y mimado catálogo de traducción, resultó renovadora aventurando un tamaño pequeñito para sus libros. Con el tiempo ha ido combinando este formato mini con el formato más usual pero no deja de ser una característica que la define, acorde con su nombre, no podía ser menos.

El tamaño no es lo importante, dicen ellos.

Ellas callan, claro.

Este libro posee un tamaño normal. Ayer senté a mi prima Raimunda sobre él y le comí el coño. Se sintió cómoda. También me dijo que el tamaño no es importante.

No sé qué pensar.

¿Lo es?

Es una buena pregunta.

También quizá por qué los inmigrantes Sirios no se quedan en Serbia. No quieren quedarse ALLÍ. Ni alrededores. Ni los alrededores los quieren allí.

¿Saben por qué? Yo sí lo sé pero, ¿ustedes? ¿lo saben? ¿lo intuyen?

¿Importa?

No importa mucho, la verdad, al menos aquí.

Al libro.

Editorial Minúscula es mayúscula, creo yo.

Peking by night es una factografía que funciona como un eco, una novela casuística, casualística, precisa, vivaz y tremendamente interesante. Un latigazo cartesiado de filosofía súbita que gira con el preciso afán de detener el tiempo y que resuena como un eco de risa amarga. También una suerte de agitación en la semántica, una obsesión por la lógica y la cronología del pensamiento racional que gira en círculos, en perfecto desorden.

Svetislav Basara, escritor serbio totalmente desconocido en España hasta que Minúscula nos lo trajo como guía turístico de Mongolia,  se regocija en lo absurdo, en la constante búsqueda de la verticalidad. Mordaz. Ingenioso. Libro desarbolado. Un escudo metafísico. Libro como ecuación de estadística abortada en el mismo momento en el que homo sapiens empieza a caminar sobre su fealdad más democrática y su indiscutible estupidez.

A mí me ha gustado mucho y desde aquí lo recomiendo.

“Oh señor ! Se me había olvidado el nombre de mi madre. Estaba plantado delante del sargento como un estudiante que no se ha aprendido bien la lección. No era de extrañar. Nunca había llamado a mamá por su nombre.”

– ¿Sabe qué?- dijo- . Su madre es, supongo, una mujer ya entrada en años. Probablemente encanecida y fea. Personalmente dudo que la encontremos jamás. Los policías, como todos los hombres, sólo se fijan en las mujeres guapas. No obstante, veremos lo que podemos hacer.”

(pág 33)

Edita:  Minúscula

Color: rojo.

Huele a: espinacas.

Sabe a: patatas fritas.

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