Providence- JUAN FRANCISCO FERRÉ

Ferré

Huyo de la tele en general pero me produce gran ansiedad ver en pantalla a Lolita Flores.

No lo soporto.

Glup.

Es inextinguible.

Glup.

Y yo huyo, claro. No puedes hacer otra cosa que correr como el jodido Forrest Gump.

Y de las historietas dentro de novelones mamotretos, folletines novelones, mamotretos históricos, mamotretos folletines que se ambientan en épocas diluvianas y morerías, Cipangos y Catais de pacotilla, donde se redactan más amoríos y traiciones de más amoríos para no tocar la Literatura porque hay autores que no quieren escribir literatura, otros no saben y otros escriben lo que se les dice para seguir publicando.

También huyo, como de las judías pintas, uy, ay, bang bang, de las novelas almibaradas, azucaradas y pueriles, donde ponen la mirada los Directores de Cine de la Cultura Subvencionada para películas que emite la 2. Podría ser el mayor ejemplo David Trueba pero hay más, residentes en la poltrona, monitores del Parque Temático Cursilandia, siempre en las quinielas de las loterías del Estado.

Disculpas aceptadas.

Vale.

Escribir una novela como Providence es salirse un poco del guión. Gracias, hombre.

Que alguien te las publique es salirse de madre.

Por cierto, ¿dónde está Ferré?

¿Alguien lo ha visto?

Dejo reseña a modo de recomendación y homenaje.

Providence es un magnífico libro. Un karnaval literario y un orgasmo de gorila que elude los preámbulos y te sumerge en el torrente narrativo sin pretender ser sublime. Juan Francisco Ferré en esta novela se parece un poco a las mejores novelas de Martin Amis, por su ficción psicotrónica, su envidiable ejercicio de violencia literaria conformando una burla de, contra, la literatura en general, con mayúsculas en particular, contra todos y todo, contra usted y contra mí, como quien se divierte en pleno derrumbamiento nervioso.

Novela egoísta, mordaz, irónica , sin concesiones al lector, a su paciencia, pero tremendamente divertida y decisiva en su estructura helicoidal.

“Así va el mundo, hacia su destrucción manifiesta, que no será, pobres poetas, pésimos inventores, un Apocalipsis espectacular, una gran fiesta con fuegos artificiales místicos y revelaciones trascendentales en un cielo digitalizado, sino una caída completa en la banalidad, un ocaso de la grandeza, un hundimiento total de la vida en su sentido moral y un eclipse de la inteligencia en las simas de la trivialidad más absoluta y absorbente, como un programa de televisión eterno, ¿se imagina el cuadro?

(Pág 67)

Edita:  Anagrama

Color: rojo.

Huele a: desinfectante.

Sabe a: diazepam.

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