Meridiano de sangre- CORMAC McCARTHY

macCarthy

Ayer se falló otro Premio Planeta.

Ay.

Por favor, unos segundos de responso

(Jesusito de mi vida, que eres niño como yo…)

Vale, ya está.

Cuando se falla otro Premio Planeta la Literatura se viste de Luto.

Cuando se falla otro Premio Planeta lloran los cactus, mueren los peces.

Se cree que cuando los peces murieron en la Sexta Plaga y anegaron el Nilo no fue porque Moisés le mandara un wasap al Creador.  Algunos pensamos que a los egipcios se les ocurrió fallar un Premio Planeta.

Vaya.

Cuando se falla un Premio Planeta se nos recuerda que casi todo es corrupto, que siempre habrá un despacho para el cuñado del Jefe, que los malos siempre ganan y luego filman películas donde ganan los buenos para sacar pasta a los incautos y llenar la buchaca de oro Negro.

Cuando se falla un Premio Planeta el noventa por ciento de los buenos escritores se deprime unas treinta y seis horas de media y luego se les pasa porque, saben, ya lo saben, que nada cambiará pero todo se extinguirá al final como el prepucio de un dinosaurio.

A mí me cuesta un Quintero Petit y superado, claro.

Cuando se falla un Premio Planeta todos los gañoteros, pesebreros y escritores de chichanabo se masturban pensando que otro año quizá les toque a ellos.

Cuando se falla un Premio Planeta se aparean los sapos y los libros del Planeta son bragas de mercadillo que se venden al precio de El Corte Inglés.

Cuando se falla un Premio Planeta es una pésima noticia que te recuerda que la basura se televisa, que se aplaude por los políticos, que habrá más programas casposos en la televisión tipo Tu Cara Me Suena.

Cuando se falla un Premio Planeta me avergüenzo como ciudadano de este Mundo pero luego voy al retrete y cago a gusto, eso sí.  Me cuesta otro Quintero Petit.  Agradecido, claro.

Bueno, no más planetas.

Traigo libro de autor comercial.

Pero de buen calibre.

Porque sí se puede mezclar el güisqui con agua pero no el bourbon con Mirinda.

Meridiano de sangre es una oda al desierto, anonimia que grita en la noche, salvaje y eléctrica en su persecución de la noche absoluta del corazón de los hombres. Un crepúsculo de azul acerado que recorren personajes trashumantes y nómadas, que capitulan sobre su condición de seres racionales y se precipitan inexorablemente hacia un pavoroso incendio, fosforescentes siluetas en el crepúsculo, huyendo del pensamiento y la conciencia, actuando, como una plétora de ojos que parpadean abriendo las puertas de un infierno.

Cormac McCarthy me gusta en su capacidad de exprimir sus recursos al máximo, labra la escritura como un agricultor, alejándose de la mente y situándose como un testigo mudo y sordo que mira al cielo con piel cetrina para describir una y otra vez el acero que alumbra la angustia de la luz polvorienta sobre cadáveres roídos en la noche más negra. Se trata de un autor empecinado en golpear la comodidad del lector y hacerle masticar cuero.   Lo hace muy bien. Se acepta con cierta resignación su gusto por retozar en la devastación y la crueldad humana llevada al límite de su esencia, terra damnata de escoria humeante, plaga heliotrópica.

Que se jodan los Planetas.

Desde el respeto, eso sí.

Edita: DeBolsillo

Color:  rojo.

Huele a: encina.

Sabe a: cactus

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