Kallocaína- KARIN BOYE

boye

Me gusta el título.

Y la autora es sueca…

Ay.

Las suecas.

También me gusta su catálogo, y el formato de los libros, y los bianconeros de la página web, sencilla, con todos esos detallitos que provocan que el gallo que habita la hebilla de mi pantalón diga quicorocó.

Y la editora, Donatella, es italiana.

Ay.

Me cae bien Donatella.

Este 2015 parece que transcurre con menos actividad pero no me preocupa. Realmente casi nada me preocupa. Porque el trabajo del editor es empujar un pesado carro cargado de libros mientras con una mano se contesta el teléfono y con la otra se bebe un martini seco, muy seco.

Y esta sección va de libracos.

Va.

Kallocaína es una buena novela. Distópica e hija bastarda de la Guerra Fría, de las Guerras del Veinte, y toda guerra que se precie es como una diarrea que deja a todo quisqui saciado, a gusto, como Dios manda, ligerito, con el espacio necesario para pensar en cómo se debe vivir y criticar cómo vive tu vecino del tercero.

Karin Boye la escribió en 1940 y ahí creo radica su mérito. No suena anticuada, más bien suena a discurso político que habremos de escuchar en un par de décadas afeitadas por respetables conmílites que necesitan una Gran Guerra porque están hasta los santos cojones de no hacer nada tan útil como disparar al vecino del tercero.

Debe ser buena terapia. No la critico.

Karin Boye nos traslada su discurso político servido como un salmón podrido sobre una plancha de acero frío, con prosa esmaltada, funcional (funcionarial) y eficaz. Una narración deshumanizada que pretende humanizarles, sacarles de la Cueva, de la rutina del Gran Hermano, de la seguridad de la Grava Estatal, con su estilo burocrático y correctivo, intentando decepcionarles porque ella, se nota, en esta novela, se guarda la poesía bajo la enagua y está, estaba, se siente, se sentía, decepcionada.

Recaba aquel regusto filosófico de ponderar el yo sobre el colectivo y este tractatus se eleva contemporáneo porque todo se repite, vivimos en bucles, en círculos, ruedas para cobayas y todo vuelve, todo se rescata, como el Perrito Piloto de la Tómbola.

Ya digo, una novela entretenida y notable, rápida como la verdad, cualquier verdad, esclava de su afán discursivo que pocas veces se transforma en emoción.

Edita: Gallo Nero

Color: sepia.

Huele a: corral de gallinas.

Sabe a: cóctel.

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