King, una historia de la calle- JOHN BERGER

berger

 

 

“El odio que los fuertes sienten hacia los débiles en cuanto los débiles se acercan más de la cuenta es algo particularmente humano; no sucede entre los animales. Entre los humanos hay una distancia que ha de ser respetada, y cuando no lo es, es el fuerte, no el débil, quien lo siente como una afrenta, y de la afrenta surge el odio” (pág 31)

No soy amigo de plasmar demasiadas citas. Me gusta más la cosecha propia y los tomates de la huerta pero John Berger es muy sabio y leyéndole aquí y allá va uno pisando lindezas que soban el coño de la erudición.

John Berger es pintor, escultor, poeta, narrador y otras tropecientas mil cosas relacionadas con el arte y eso a cualquier lector avezado que no lo conozca habría de tirar un poquito para atrás, ¿a que sí?

El que mucho abarca, poco aprieta. Y tal.

Bum.

Crack.

King, una historia de la calle, es un libro ágil y desenvuelto, cuyo protagonista es un perro que habla, diserta, piensa luego existe pero no dice guau ni nada por el estilo. Bien mirado puede sonar como una gilipollez pero no es el caso. Se trata de una deliciosa narración que desempolva el aroma de los diamantes literarios, repleto de buenas metáforas, detallitos de quién destilan la buena literatura. Puede decirse que Berger tiene una voz con peso en este libro que, a priori, no parece haberse escrito con grandes pretensiones.

Elogio de la miseria, del destierro, del dolor y la deshumanización; ejercicio de maquillaje sobre escombros que se apilan alrededor de sólidos cimientos literarios; efluvios poéticos que se expanden como un aleteo de ropa tendida; bandera de náufragos que luchan por conservar un ápice de inocencia que no los aleje de aquella esta delirante cordura.

Cabe destacar o echar de menos algo de mala hostia en los personajes.

Pecan de naif para estar tan puteados.

Pero es que Berger es muy poeta. No se mancha las manos ni cuando se limpia el culo.

Bum.

Crack.

No obstante Berger me gusta bastante.

 “Los pobres se roban entre sí igual que los ricos. Por lo general, los pobres lo hacen sin deliberación; no planifican sus robos. Los pobres se imaginan todos los días que va a cambiar su suerte. No creen realmente que vaya a cambiar, pero no paran de fantasear con qué pasaría si así fuera. Y no quieren perderse el momento si llegara a suceder. Cuando ven un mechero en el suelo al lado de un par de zapatos, lo agarran como si fuera la misma Suerte en persona quien se lo entregara. Y se dicen: esta es una señal de que nuestra suerte ha cambiado. Agarrando el mechero no piensan: Robo. Piensan: Suerte. No, los pobres no planifican de antemano el daño que hacen. No anotan todos los detalles mientras se llevan una fina copa de cristal a los labios y comprueban la hora en Tokio. Los pobres deciden en el último momento.”

(Pág 16)

 

Edita:  Alfaguara

 

Color: marrón

Huele a: orina perruna

Sabe a: cerveza caliente

 

 

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