El ángel Esmeralda- DON DeLILLO

Delillo

 

 

Don DeLillo me encanta, vaya por delante.

Así que reseñar a Don es ya un gustito en un campo, el mamporrero, el reseñador, en el que cuesta tener gustitos.

El ángel Esmeralda es un libro de relatos. Dicen las malas lenguas que el autor italoamericano ha gripado el motor y que ya no escribe aquellos novelones como quien labra sólidos cimientos para sustentar su posteridad, no le hace falta.

Don DeLillo tiene esa habilidad de sonar siempre original y eso nos reconforta. También sigue siendo aquí ese autor que pretende ser ojo cósmico que mira el espacio profundo, el cristal quebrado, buscando la verdad de algo, la verdad de todo, dios y sus incendios cuánticos, dotando de protagonismo a personajes que caminan entre llamas, henchidos de trascendencia, habitando su purgatorio, atizando la lumbre psíquica, el tic tac del universo.

Tic.

Tac.

Libro pues, sólido y abismado de soledad individual y colectiva, de distancias sombrías dando tumbos bajo el resplandor ocre de la prosa obsesiva del autor que gusta de la lógica aciaga y los paisajes oníricos, la reflexividad solidaria, la deriva temporal.

También tiene claro, como todos los autores norteamericanos, que los relatos hay que rematarlos. Matar o morir. Como los toreros. Sin cerrar no hay muerte, no hay gloria, y este detalle estaría bien que se la apuntaran algunos ibéricos y buena parte de los sudamericanos.

Pero aquí todo lo hacemos de otra pasta y luego te meten “Ocho apellidos medinenses parte XI”.

Qué pena, por dios.

Ya pasó.

-Sigo deprimiéndome los domingos-me dice.

-¿Tenemos domingos aquí?

-No, pero allí sí y yo los sigo notando. Siempre sé cuándo es domingo.

-¿Por qué te deprimes?

-Por lo lentos que son los domingos. Tiene que ver con el resplandor, el olor de la hierba cálida, el oficio religioso, los parientes viniendo de visita muy bien vestidos. Es como si el día entero durase para siempre.

-A mí tampoco me gustaban los domingos.

-Eran lentos, pero no perezosos. Eran largos y cálidos, o largos y fríos. En verano mi abuela hacía limonada. Era el ritual. El día entero estaba como dispuesto de antemano y el ritual nunca cambiaba. El ritual estando en órbita es diferente. Es satisfactorio. Le da forma y sustancia a nuestro tiempo. Aquellos domingos carecían de de forma a pesar del hecho de que supieras lo que iba a venir, quién iba a venir, qué diríamos todos. Sabías lo primero que iba a decir todo el mundo antes de hablar. Yo era el único niño del grupo. Se alegraban de verme. Lo que me apetecía con más frecuencia era esconderme. “

(pág 34)

 

 

 

Edita:  Seix Barral

 

Color: ocre

Huele a: gran escritor

Sabe a: whisky de malta

 

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