De la naturaleza del olvido- ARCADIO PARDO

Arcadio Pardo

 

Nos llega el último libro del maestro Arcadio Pardo.

Lo publica una editorial sevillana, Isla de Sistolá, con maquetación presumida y ajedrezada, colorida, juvenil…

Me gusta.

Y la foto del maestro de frente, no sé por qué carajo lo ponían siempre de lado, ya se lo dije, no más en nos, no en lo es, por favor.

Podrían haberle pedido a los piratas del LCK15 alguna de esas fotos en su casa, en su escritorio pero no lo pidieron en nos, y es lo no, lo es lejos del nos. Pero es lo mismo, las fotos no importan, las fotos no retienen un carajo de nada, las fotos sólo son fotos. Y tal.

Nos llega este libro del maestro Arcadio Pardo embuchado de sus cabrilleos sintácticos, de sus encabalgamientos segmentados en el nos y su típica prestidigitación y sabia deformación del lenguaje. Es único. Lo he escrito muchas veces. El maestro Pardo es quizá el mejor poeta vivo en lengua castellana.

Sólo que esta vez parece su libro más personal, menos poético, se me entienda, si me apuran, pero quizá más cargado de poesía sin ser poesía de esa que siendo la mejor no lo parece, porque es la más difícil de escribir, acaso el más bello y personal poemario de los más recientes, que ya es decir mucho. Cómo quedarse con uno, imposible, amigos.

Da la impresión de que el maestro ha querido chotear al olvido, escribiendo sobre el olvido, y le ha dedicado un libro para patearle un poco las ancas, para decirle que su poesía va más lejos, a lomo de lo vivido y de lo olvidado pero sin duda inolvidable, porque llega al propio poeta, a su nos y a su alga más primera.

Y parece volverle la vida en los ya retales, en los ya lanots, en los ya arroyos futuros, tan propios de él.

El poeta retoma sus piedras antiguas y regala su sabiduría, su acto de procreación, su trabajo que enfría frío y viento, descorazonando el pelo y el ansía, ejerciendo de testigo del regocijo infinito.

Ese amigo mío se sacude la extranjería como un perro blanco y sabio.

El mundo nace cada vez, nacido

de un nuevo estruendo que es el mismo.

me sumerjo en pensar que hay muertes sucesivas

ignoradas;

que cada uno sabe en sí sus muertes renovadas

sin saberlo.

Sabiduría en majestad: saber uno que supo.

Y se presenta como un descarrío de memoriales que aún respiran, bañados de poesía antigua, reciente y diversa. Colección de huesos recuperados, renovando el universo todo, para enseñarnos cómo renovar el universo… El universo de Arcadio. Grande, rico, puro.

Muden sus formas según sea el actante.

Qué variantes de voz se acoplaron a las variantes de las cosas.

Qué impulso ha conducido a concretar el acto

en variantes así: corremos, pienso, actúas,

dormitan, escandalízanse.

Añado nueva manda al testamento:

diluciden qué querencia ha llevado

a emitir, a enlazar natalidad de voz

a la cosa.

Y lo digan al viento y yo lo oiga.

Nos trae el maestro un libro pequeño pero enorme, de los mejores que ha escrito en esa trayectoria tiznada de ajenidad, donde acaso sí se llena de su tristeza sabida, de sus lágrimas y una pizquita de desesperanza anegada por el gozo por vivir que enhebra su obra.

La niñez y senectud de Arcadio están aquí abrazadas y muy juntitas. Y  las respiramos en un, porque gracias a este libro por primera vez sabemos e intuimos al autor  de la manera más despejada y clarividente en la contigüidad de sus cosas, quizá la más sincera, porque parece que le oigo hablar en  vez de escribir, a ese hijo de ferroviario que yo conozco, a ese coleccionista de memorias vividas empapadas de verdad universal.

En nervio de hoja, en arista de cristalización

y provoca las cosas a recuerden

de cuándo y dónde, de su siempre y nunca.

La actividad constante de lo vivo

contra lo imperdurable.

En fin.

Voces de nos y vos en lo infinito, atisbando el nacer de las palabras que se remozan y gozan en sonoridades.

Arcadio Pardo es todo y un y solo en contemplativa serenidad, lamiendo las piedras y los guijarros del acaso primer mundo escribiéndolo con tacto inaugural. Inmemorial.

No habrá fin de los tiempos. Tiempo y tiempos son indivisos, un ritmo, como el grano que germina, que da luz, como usted, viejo amigo.

Me niego a terminar esta reseña con los versos finales del libro. No me parece una conclusión adecuada para este último libro, para este grandísimo poeta nuestro que quiere coronar su obra. No quiero final. Reclamo continuidad en sus cosas. En estas cosas que lo aprehenden y lo deslumbran deslumbrándonos a nos. Que sea el olvido, como dice usted, recompensa.

Y allí estoy; ya aquí, en aquel suceder y en éste,

el que fui y el que soy, el que a la par

muriendo en mágicas melodías que una vez escuché

y se renacen inesperadas y

me renacen.

 

En Valladolid a diecisiete de mayo de dos mil dieciséis.

 

 

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