LA DULCE CIENCIA-A.J. LIEBLING

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Este libro es un libro de la Boxiana, de la molienda. Lo edita Capitán Swing, que es una editorial madrileña que tiene bastante swing, creo yo, porque acredita una supervivencia bastante razonable y no edita tochos novelescos ni tochadas poéticas lo cual la convierte en una editorial que no sabe uno si golpea desde su rincón o encaja bien en las cuerdas, vaya usted a saber. De momento está, sobrevive con ese swing, que no es poco. En la contraportada nos indica que es el mejor libro de deportes “de todos los tiempos”. No lo sé. No he leído tantos libros de deportes. Sí puedo asegurar que es el mejor libro de deportes no deportivo que haya leído nunca. Esto significa que, aunque no te guste la molienda, sí puede disfrutarse como el Don Tancredo que siempre queremos ser, feliz y sonriente, pues AJ Liebling se muestra como un escritor con inmejorable instinto literario metido a periodista, rara avis en un mundo periodístico de hoy en el que el periodista suele gallinear como  lamentable y poco preparado aspirante a escritor, y todo aquel que parece o quiere ser algo que no es se acaba convirtiendo en un diletante.

Un púgil, al igual que un escritor, tiene que defenderse por sí mismo. Si pierde, no puede convocar una reunión ejecutiva y descargarse con un vicepresidente o con el asistente del director de ventas.

(Pág 11)

Reúne crónicas comprendidas entre los cincuenta y los sesenta del XX convirtiéndose el autor en un personaje, me lo parece, literario aunque real, que describe los ya legendarios tiempos americanos del sombrero y el humo, los clubs y el Nueva York del Garden, el jazz y el eterno foxtrot americano que ha inspirado a tantas películas. Resulta fácil entender este libro como una crónica cinematográfica, apestada de humo, salteado con personajes inmortalizados desde un grafía sutil y ligera, sarcástica y sincera, desprovista de más adornos que la pura y sencilla creación literaria, que por ser pura y puta, resulta la más difícil de escribir. Entre sus páginas conoceremos a los mejores boxeadores de la época, Schmeling, Baer, Braddock, Jesse Joe Walcott, Ezzard Charles, Sugar Ray Robinson, Archie Moore, Marciano, Floyd Patterson e incluso un poeta recién salido de las Olimpiadas como Cassius Clay (Mohamed Alí, para los no iniciados en la Boxiana).  Al contrario que otros deportes, el boxeo, en cuanto a técnica, no ha evolucionado como otros deportes desde el siglo XVIII porque, sencillamente, no se puede. Ha mejorado la raza, son más altos, más fuertes, con mejor condición física, pero hace un siglo ya sabían cómo golpear y la mandíbula y el cuerpo encaja ahora igual que antes. Un Rocky Marciano, incluso con sus ochenta y poco quilos, podría poner en jaque a cualquier mastodonte de los pesos pesados actuales, no me cabe duda.

“Fue encones cuando el antiintelectualismo levantó realmente su horrible cabeza y aún más su horrible voz. El público del boxeo siempre ve los logros del boxeador que lleva las de perder en relación proporcional con su desventaja en las apuestas, por lo que, por ejemplo, si se espera que acabe noqueado y, en lugar de eso, consigue terminar el combate en pie, la multitud está dispuesta a creer que ha ganado. Cuando el público ha pagado para ver a  un fenómeno publicitado quedará satisfecho únicamente si realmente es un fenómeno o si acaba por los suelos. Si el tipo resulta ser meramente bueno, termina por contrariar a la multitud por duplicado.”

(pág 336)

 

Como la vida misma, ¿no creen? ¿Qué ha cambiado? Les revelaré un secreto. Nada. Excepto que la guapura y la inteligencia no se contagian.

Y no, no hay sangre. Hay palabras sabias y valiosas como etéreos uppercuts que abrazan la vida como una filosofía que se degrada siempre fuera del ring.

“Clay, sin heridas y tan fresco como una flor recién brotada de un salto, estaba desconsolado.

-Lo noqueraré la próxima vez- dijo el poeta-. Ya sé cuál es su estilo.

Pero sus ojos estaban tristes. Se sentía agraviado.

-¿Por qué esa gente me abuchea cuando le doy una paliza?-me preguntó-. ¿Por qué no abuchean a mi favor?

Parecía sentir que las hojas no estaban en los árboles, que la hierba y las flores estaban muertas. ¿Será campeón de los pesos pesados? El tiempo lo dirá. ¿Aprenderá a golpear más fuerte? Es una cuestión de tiempo también. ¿Aprenderá a boxear el cuerpo a cuerpo? El tiempo lo es todo. El mejor amigo de un hombre joven es el tiempo.

30/3/1963.

(pág 338)

 

A.J. Liebling nunca lo vio campeón. Qué le vamos a hacer.

En su debe, el título, The Sweet Sciencie.  Más que la Dulce Ciencia parece más acertado La Bella Ciencia.

Me parece, y tal.

Libro imprescindible para las mentes que quieren ser mentes y no guantes vacíos.

Ale.

 

 

 

 

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